jueves, 14 de septiembre de 2017

BUROCRATIZADO

Normalmente acudo al blog para escribir cosas tontas que parecen profundas pero que se limitan a expresar sentimientos de esperanza o hacer claro el panorama oscuro que se cierne sobre mi país. Hoy, para variar un poco, me permitiré desmadrarme en contra del Estado, su inutilidad y su existencia concebida como una forma para conculcar libertades, en unos días en que en mi estancia "temporal" en Europa me hace desesperar entre la ideologización de los que quieren más y más Estado.

Desde el 2007 y hasta febrero de 2015 ejercí libremente la profesión de abogado en Venezuela, esto significa que toda mi carrera se desarrolló en la génesis de la Revolución (2002-2007) y los halagüeños mensajes provenientes de la izquierda internacional, porque se devolvía el poder al pueblo, sin importar que se estuviese construyendo el cascarón vacío más grande, cuyo caradurismo se podía ver, como la muralla china, desde la Estación Espacial Internacional.

Mi carrera profesional y mi relación con la burocracia empezó con las explicaciones de mis profesores de Derecho Público y Derecho Administrativo, sus charlas sobre el rol de la administración pública, la discrecionalidad administrativa y sus límites, la estructura del Estado, las competencias, la descentralización, la desconcentración y la delegación, entre muchos otros conceptos tan importantes como inútiles en la Venezuela del Socialismo del Siglo XXI (inspirado en Chomsky y aupado por Monedero). Luego, en el tercer año de la carrera empecé a buscarme la vida trabajando para algún abogado, conociendo la cara de la burocracia al tratar de sacar una patente de industria y comercio ante la Alcaldía de San Cristóbal. El trámite pintaba sencillo y aunque no lo fue, porque la discrecionalidad ya había dejado de ser la excepción para erigirse en norma, tampoco representó un dolor de cabeza insoportable, quizá porque el venezolano está genéticamente preparado para lidiar con un Estado inútil.

¡Qué iba a imaginar yo que a partir de ese momento mi vida se vería envuelta en las redes del Estado venezolano chavista!, un monstruo rojo que no paraba de pedirme papeles, exigirme trámites, inscripciones, declaraciones juradas, carpetas con separadores de colores, carpetas etiquetadas, formularios con facturas de mis consumos en el extranjero, copia de las copias, y un sinfín de idioteces que deben estar  archivadas y llenas de moho en algún sótano o caja de algún inmueble, del excesivo número que en propiedad detenta el Estado. No hubiese imaginado nunca que tendría que ir o pagarle a alguien para que hiciese fila para coger un número de entre los 20 que repartía un Registro Público o una Notaría para poder firmar una venta o un poder, o que una firma sería rechazada porque algún burócrata en Caracas había cambiado el estado civil de mi cliente, o el de mi madre, de casado a soltero o viceversa (de nada serviría el documento público de identidad, valía más el error del imbécil de turno usando el ordenador de la base de datos centralizada).

Con la burocratización supe que la ley de simplificación de trámites administrativos no era sino la muestra clara de ineficacia de la ley, pero también entendí que un Estado como el venezolano, que ya era un elefante blanco antes del chavismo, serviría de plataforma para la dispersión de las responsabilidades en la comisión de los delitos que la Revolución necesitaba para aferrarse al poder de forma indefinida. Cuando tienes que estar ocupando tu vida solucionando trámites burocráticos, pierdes la noción de pérdida de la libertad que tal situación supone. Seguro te identificarás conmigo, pero entreteniéndote haciendo carpetas para solicitar el cupo cadivi para irte de vacaciones, hacía que te quejases pero olvidabas que el Estado estaba poniendo límites al uso de tu dinero, de tu tiempo y de tu vida.

Así que hoy, cuando necesito una constancia de haber residido en el país, me doy cuenta que inclusive a 8 mil kilómetros de distancia, mi vida sigue estando marcada por la burocracia. La misma burocracia que me exigía que cada vez que quería hacer un trámite ante un Registro Mercantil, debía llevar las sopotocientas mil fotocopias de cédulas de identidad de los accionistas de una empresa, y que la imagen quedase en el centro, para satisfacer el trastorno obsesivo y compulsivo del funcionario detrás del escritorio de madera, que olía a naftalina, aunque ya estuviesen dentro del expediente mercantil; la misma burocracia que me exigía firmar documentos con bolígrafo negro y llevar escritos en papel tamaño Legal u Oficio, aunque la propia Constitución impidiese que la justicia se sometiese a formalidades no esenciales. La misma burocracia que me exige pertenecer a un consejo comunal, tener cédula, registro de información fiscal, registro por ante el Sistema de Identificación, por ante Sistema Tributario de Registro Único de Personas que Desarrollan Actividades Económicas (que era obligatorio tener pero que no sirve para absolutamente nada), y aun así no tener un mecanismo contenido en la ley para que un organismo encargado del registro civil te emita una constancia de HABER RESIDIDO, porque el burócrata solo tiene una planilla para los residentes actuales, y le impide conocer el derecho de petición contenido en la ley que le obliga a dar respuesta a los administrados sobre asuntos de su competencia. La ley no importa, porque algún burócrata de Caracas considera que X cosa le divierte más, ya que pensar más allá de las órdenes está prohibido.

Es la misma burocracia que te ahoga en papeles para no obtener resultados nunca, que ha establecido tantas contribuciones fiscales y parafiscales, así como tantas obligaciones formales para individuos y empresas, que recuerdo entrar a la recepción de mi propia oficina jurídica (o de la de las empresas para las que trabajaba como asesor) era como una galería de exhibición del absurdo, porque tenía que haber un aviso que diese constancia de que se prohibía fumar, que se prohibía portar armas de fuego, pero que también se prohibía la discriminación, al lado de la cartelera donde debía constar la información de la última declaración del IVA y del ISLR, así como los pagos de la seguridad social, aportaciones al sistema de vivienda de cada uno de los que laboraban en dicha oficina, pero también el RIF, visible, la lista de precios desglosada y, por supuesto, cualquier cosa que al funcionario discrecional se le ocurriese. Un empleado podría desperdiciar de su tiempo de trabajo horas ajustando la cartelera del asco burocrático, que nunca iba a estar completa ni iba a cumplir una finalidad útil, porque la información contenida estaría disponible en los sistemas informáticos de la administración.


Es así, mi vida ha estado marcada por la burocratización, soy venezolano y estoy burocratizado. Tengo que pasar horas y horas frente al computador para solicitar una cita para el pasaporte (y esperar un año por  él), para pedir una cita para apostillar cualquier documento o pedir antecedentes penales. Estoy burocratizado porque para pedir una copia certificada de mis notas de bachillerato, debo someterme a la discrecionalidad del funcionario de turno, y a la voluntad del que sella la planilla, si va o no va, o si quiere o no quiere sellar, este es verídico, muchas veces no pude obtener algún papel porque el individuo encargado de poner sellos húmedos no estaba, aunque estuviese el sello disponible y decenas de personas perfectamente y jurídicamente hábiles para hacerlo.

La burocratización era patente en mi día a día laboral, cosa que noté cuando los ingresos profesionales representaban en más del 80% la gestión de algún trámite ante la administración pública nacional, estadal o municipal, en vez del litigio o la asesoría profesional. Desperdicié miles de horas sentado hablando con funcionarios, sacando copias, corrigiendo tonterías (una vez tuve que ceder ante un revisor de notaría porque no le gustaba que incluyese la construcción disyuntiva "y/o" en un documento jurídico, o porque no le gustaba que pusiese Artículo en vez de Cláusula en un documento).

Han pasado 2 años y medio desde que salí del país, y no hay día en que la monstruosidad de la burocracia revolucionaria no tenga una forma de fastidiarme la vida, porque solo alguien que es venezolano entenderá lo que estar burocratizado. Por cierto, que conservo las facturas de mis consumos cadivi del año 2015, me da terror botarlos, no vaya a ser que el funcionario de turno me los pida para seguir fregándome la existencia.

La burocratización es una forma de control social que en Venezuela ha funcionado muy bien, ahora se disfraza de Carnet de la Patria. El crecimiento desmedido del Estado y la forma en que se inmiscuye en todos los aspectos de tu vida, como disponer límites al retiro de dinero efectivo de tu cuenta bancaria, o los días en que puedes comprar algo conforme la numeración de tu cédula de identidad, conculca tu libertad. No olvidemos que por cada decisión discrecional del burócrata, que no esté amparada por las disposiciones de la ley, supone que conculcan tus derechos políticos.

Conforme la Ley Orgánica de Procedimientos Administrativos (Art. 12), y como bien recuerdo que me enseño Luis Eugenio Correa, me permito citar a Brewer (2011), quien hablando de este tema, afirma: "de acuerdo al derecho administrativo venezolano, las actividades administrativas discrecionales sólo pueden existir cuando una ley expresamente otorga a la administración el poder de evaluar la oportunidad y conveniencia de sus acciones, lo cual ocurre cuando la misma otorga a un funcionario público el poder de actuar de acuerdo a su evaluación de las circunstancias."

sábado, 5 de agosto de 2017

DAMOCLES EN CARACAS

La tendencia a contar historias con relevancia moral nos asiste desde antaño. Así, ante una coyuntura especialísima, que no puede ser analizada de forma simple por politólogos, economistas, juristas (aunque es mucho más sencillo por la clara ruptura del Estado de derecho), sociólogos o filósofos, parece que Damocles pasea por Caracas deseando el poder que detenta hoy la dictadura chavista para sí mismo, sin entender que sobre su sien se cierne una espada afilada que sólo se sostiene por la frágil crin de un caballo.

No voy a engañar a nadie, no me entusiasma la idea de las elecciones regionales, pero como Joseph Raz afirma, el éxito depende de que los objetivos que se persigan no sean triviales, banales. Es decir, la lucha por la democracia a través de la violencia forma parte de nuestro pauperrismo social, de nuestra violencia estructural cuya siembra empezó mucho antes del chavismo y que es hija de ese absurdo culto al uniforme verde, a la asociación de orden y disciplina con lo castrense y el desdén que hemos tenido por la democracia. Por ello, entiendo a cabalidad que la lucha por la restitución de la república democrática es dura y debe ser virtuosa, para garantizar un futuro viable para toda la nación.

La realidad es mucho más compleja y el juego político no solo supone un pluralismo de valores ciudadanos, sino tal diversidad que la coalición opositora reúne más de 40 tendencias políticas disímiles.  Inclusive, se hacen argumentos idiotas como el del movimiento ORDEN, que pretende reducir todo el asunto a una exacerbación del nacionalismo conservador de derecha fundándose en la reivindicación de ideas que configuran nuestra propia tragedia,avaladas por el rentismo, propagado desde Gómez, y que ha servido para construir el Estado más grande y más ineficiente del orbe, bajo políticas de una social democracia bananera que seguimos empeñados en perpetuar sin seriedad. 

Sufrimos la ausencia de responsabilidad en la acción política individual en quiénes han sido erigidos como representantes en la gesta que se fragua a diario en contra de un poder autárquico y criminal como el que representa Maduro y compañía. Damocles apetecía los banquetes, los lujos y los privilegios del rey Dionisio, y por eso se deshacía en alabanzas y lisonjas hacia él, hasta que tuvo la posibilidad de ocupar su lugar. El poder despierta envidias y, en muchos casos, muestra las peores facetas de los individuos. Pero el poder  también conlleva riesgos, y uno de los riesgos que plantea una nueva lucha cargada de frustraciones porque no se desvela con honestidad su cometido, es perder la cabeza por la espada dictatorial que se cierne sobre cualquiera que asuma una posición crítica contra el chavismo, que ahora es más peligroso con la instalación de una Asamblea Nacional Constituyente carente de toda legitimidad o legalidad.

Acudir a las elecciones regionales es un deber consecuente con los derechos que tratamos de reivindicar desde la lucha por la democracia. Acudir a las elecciones regionales por una cuota de poder es, por contrario, un crimen contra la lucha democrática y un vejamen a la memoria de los asesinados. Muchos lo han descrito con presteza: Si acudimos a las regionales y ganamos, el chavismo desconocerá los resultados, como lo ha hecho con la Alcaldía Metropolitana que ganó Ledezma, hoy en arresto domiciliario, o como anuló con un proceso judicial fraudulento, a las elecciones parlamentarias de 2015 (si, hoy, más de dos años después, no decide la Sala Electoral, el asunto que generó la controversia y que "justifica" el falso desacato).

Si no acudimos a las regionales, el chavismo hará las elecciones y se hará de todas las gobernaciones, consolidando más su poder. Así que la situación es perder-perder, pero la democracia no puede conquistarse con métodos que no garanticen su supervivencia, o la convivencia pacífica a futuro, como decía Kant en la Paz Perpetua, palabras más, palabras menos, no puedes hacer una guerra que no garantiza una paz futura. Es más fácil llamar a la rebelión y a las armas cuando no se ha de empuñar una sola espada ni disparar una sola bala. Una lucha ajena a los valores democráticos y republicanos, que inclusive legitima la fuerza para la autodefensa y autoprotección, es una condena a años y años de conflicto, de violencia bélica y también, la posibilidad de una masacre mayor.

Son momentos difíciles, en la que la falta de responsabilidad puede llevar al país a una quiebra moral definitiva, y es lo que debemos evitar. Mi apuesta es por la lucha cívica y democrática, la resistencia civil es un derecho, no una prerrogativa ni una excusa para trancar una calle sin miras altas y fructíferas. La resistencia la debemos ejercer todos, porque la búsqueda de la justicia no puede ser dubitativa, no puede ser vacilante, por eso ser justo se percibe como un valor personal.

Quizá el llamado de Ledezma a la reflexión es una campanada moral para los demás miembros de la oposición, algunos en un estadio de infantilismo político, como el de R. Muchacho y las tendencias en twitter; o del viejozorrismo adelantado y cruel de Ramos Allup; o, peor aún, de falso crítico Henri Falcón y el oportunismo de Rosales; o la ingenuidad devota de María Corina, el exceso de retórica y la falta de hechos de Capriles y la soberbia de ungido de Leopoldo. La propia agenda, aunque la erijan en nombre del pueblo, no aporta soluciones sino hace más difícil el camino, acabando con las esperanzas del país.

A todos nos cabe reflexionar. Las regionales, por sí mismas, sin acompañamiento estratégico no son sino una nueva estafa contra las personas, que son las que verdaderamente sufren la crisis sin precedentes. La improvisación política hace daño, pero aun más daño hace la inexistencia de un verdadero código ético para la oposición democrática que haga creer al ciudadano que la lucha que lleva a cabo todos los días, en la lucha callejera o en la búsqueda del sustento diario, no se agotará en un pedazo de papel consignado a un organismo internacional o en un discurso en una Asamblea Nacional que no tiene un solo soldado o policía que acate sus mandatos legítimos. 

Y aquél que por su propia codicia ocupe un trono y se regodee en los festines de la victoria fatua, que se cierna sobre su cabeza la espada de la historia, que no perdonará a quienes obvien la necesidad de la unidad y de salvar al país.

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