lunes, 28 de enero de 2013

Desde fuera.

Una semana de lectura de la civilización antigua, combinada por una constante observación de lo que ocurre en mi país, me ha incitado a escribir estas líneas que, una vez más, no espero que sean leídas por muchos, pero que comportan parte del desahogo ante la frustración ocasionada por el evidente deterioro institucional y moral que vive Venezuela. Desde inicios de año he visto como lo jurídico ha dado paso a la preeminencia de lo político, no que no sucediera, pero tan sencillo como que las últimas muestras de barbarie jurídica han opacado lo sucedido anteriormente.
Se han conculcado principios fundamentales contenidos en la novísima Carta Magna como la legalidad y el derecho a la información. Se han creado situaciones de facto como si fuesen jurídicas, pero sobretodo, el blanqueo informativo y el uso del lenguaje para soslayar y ocultar la realidad parecen ser el día a día de la sociedad venezolana, quien parece sumida en un letargo generalizado ocasionado por la necesidad de callar o vivir un escenario peor.
Parece que la realidad se ha transformado en una película de ciencia ficción en la que los peores instintos humanos toman primacía frente a la idea de rectitud y bondad que debería privar en la nación. La ciudadanía es una condición rebajada al simple acto del sufragio y son pocos los hechos que la hacen prevalecer frente la mentira y la adulación. No hay uso de la crítica y hay una carencia de ideología que puedan sostenerse ante la barbarie que nos acecha a todos como conciudadanos de un país que minuto a minuto pierde su soberanía bajo la excusa de la propia soberanía.
La incertidumbre reina en la cotidianeidad bajo la mirada cómplice de la comunidad internacional, que una vez más muestra su incapacidad para opinar libremente ante el chantaje de los intereses económicos, y que es cobarde al ni siquiera manifestar la mínima duda sobre lo que ocurre en el país.
Un país en el que las masacres son "eventos confusos y desafortunados", en el que existe un gobierno sin cabeza soslayando los mínimos legales requeridos claramente por la figura decorativa de la constitución, dónde los eventos cotidianos no encuentran responsables directos en los que legalmente son competentes frente a las situaciones desafortunadas, y que se esconden siempre bajo la denuncia de planes desestabilizadores ante quien no ejecuta una mínima política efectiva para solventar las necesidades básicas de una población acostumbrada a las carencias en medio de una jerarquía de prioridades que te lleva a pensar si lo que se vive en Venezuela es real o simplemente se trata de una pesadilla de la que algún día despertaremos.
Insisto, como siempre lo he hecho, que sólo la luz del conocimiento puede hacer que una nación cambie, que sólo el ejercicio de ciudadanía y gobierno responsable puede separarnos de una crisis eterna, pues así como la vida humana parece valer nada frente a los grandes intereses de los grupos políticos, la sociedad se degenera a un ritmo imparable, y de nada vale la protesta o la opinión, pues la sordera colectiva se agudiza, y la vista se hace gorda ante la constante injusticia y la represión intelectual cuando no física del ser.

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