domingo, 17 de marzo de 2013

HUMANITAS

La condición humana es el aspecto más importante y menos conocido por nosotros. Hemos antropomorfizado nuestro entorno y aún así, nunca hemos alcanzado la posibilidad de conocernos
La única verdad que podemos decir que conocemos de nuestra especie es su inagotable ambición y la necesidad de estar en el centro del debate y, en especial, la voracidad por la riqueza, como sea que esta se encuentre representada, pues somos la única especie que conoce del poder y la única que lo busca.

Día a día abogamos por un mundo más humano, pero desconocemos el concepto de humanidad.
Vivimos bajo el engaño de la bondad, y omitimos que tal como una vez lo planteó Hobbes, el hombre es un lobo para el hombre. Sin importar cuantas virtudes (denominadas así por nosotros) podamos tener, cada individuo de la especie humana tiene más lados oscuros que claridad en su pensamiento. Siempre hay algo que nos mueve, individual y colectivamente, el propio interés, y aun así esperamos que la deidad nos ilumine de bondad, sabiduría y sobretodo eternidad.

Nuestra humanidad no es más que un voraz monstruo forjado desde la antigüedad misma que olvidó que el logos era para descubrirnos a nosotros mismos y no para apoderarnos del todo. La humanidad y su bondad es un aspecto individual dentro de cada individuo, y que como forma colectiva de proceder no se manifiesta a gran escala. Somos una especie que ha permitido el naufragio de su propia existencia y cuyo principal valor, a título universal, es la riqueza, siempre amparada en determinada fe que no deja de excusar sus errores a la voluntad de la deidad a la que se profese culto.

Somos humanos a diario, cuando rezamos, cuando pensamos, cuando matamos o cuando nos quedamos impacibles ante las múltiples manifestaciones de violencia que marcan nuestra existencia diaria. Y aún así, somos incapaces de reconocer nuestra naturaleza nociva, y nuestro desprendimiento del logos con base una actitud de opresión que se muestra desde el momento en que nacemos, e inclusive desde la propia concepción.

Esa chispa que para los estóicos fue dada por Zeus a todos nosotros ha generado un incendio voraz, que cada día carcome los cimientos de una civilización que tiene un solo dios, la fortuna. Y mientras vivamos de la ambición, ocasionaremos dolor no sólo al entorno, sino a nuestros congéneres, seguiremos oprimiendo por placer y no por necesidad, y seguiremos olvidando que el monopolio de la razón fue dado para que pensásemos, no para que ganásemos.
 

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