miércoles, 8 de febrero de 2017

EL VALOR DE LA DEMOCRACIA

Para el pensador austriaco Karl Popper, existían dos tipos de Estado: aquellos en lo que es posible cambiar de gobierno sin un baño de sangre (bloodshed), y aquellos donde no.[1] Esto no es más que considerar la alternabilidad de quienes ejercen el poder político como factor de mensura de la democracia. Esto no es algo exclusivo en Popper, porque en otro sentido es también descrito por Levitsky y Way, cuando buscan explayar lo que consideran un Autoritarismo Competitivo, como aquel régimen en el que conviven instituciones y garantías democráticas con ciertas dificultades para competir en igualdad de condiciones en contra de quienes gobiernan.[2] Es decir, no necesariamente se exige un bloodshed, pero definitivamente será mucho más difícil que un opositor gane unas elecciones a que lo haga alguien patrocinado por el oficialismo.
Sin embargo, dado el estado de la cuestión en Venezuela, no creo que sea inapropiado hablar de baño de sangre, cuando se ha hecho un tránsito definitivo del autoritarismo competitivo a una dictadura de nuevo cuño en dónde la alternabilidad es imposible debido a la imposibilidad de realizar elecciones incluso en contra de las normas constitucionales.[3] A pesar de todo ello, la situación se hace más compleja al observar la burocratización de la coalición unitaria de oposición (MUD), y determinadas discusiones locales que llevan a pensar en el valor que la democracia no está arraigada en la sociedad venezolana, lo cual no es algo nuevo en los países latinoamericanos. Venezuela, después de Pérez Jiménez, se vendió al mundo como un modelo democrático ejemplar, de progreso y de modernidad. La verdad es que se construyó un ideal que escondía el mal de siempre: Venezuela solo formó un país rentista con ciertas garantías democráticas, pero falló en formar por y para la democracia.

La democracia no es un sistema perfecto; citando a Savater: “En el terreno político y social, nuestra vida actual se expresa como ciudadanía democrática, la única organización colectiva moderna que reconoce las libertades públicas del ser humano. Pero la ciudadanía democrática también es inconclusa e imperfecta, porque se nos parece demasiado.”[4] Con esto quiero referir que la democracia se tiene que construir a diario porque es lo único que nos permite, actualmente, convivir bajo determinados estándares de calidad de vida que involucran el ejercicio de un mínimo de derechos fundamentales que reconocen la pluralidad. Pero no basta con autodenominarnos democráticos, sino que entendamos el verdadero sentido de la democracia, porque la misma presenta una paradoja: La democracia se puede perder a través de la misma democrática, cuando los mecanismos que nos facilita los usamos para acabar con ella, tal como ha ocurrido en Venezuela.
En la concepción de Popper hay determinados principios que una democracia liberal debe respetar,[5] dentro de los cuales está que la democracia solo estructura la armazón para que los ciudadanos actúen de una forma organizada, la democracia no da concesiones a los ciudadanos sino que presenta un conjunto de elementos que, de forma organizada, permiten la acción de quienes están bajo su imperio y que ponen en movimiento esa estructura en su propio beneficio. Para él, la tradición democrática es la menos nociva, la mejor que se conoce hasta hoy. La democracia no tiene que ver con que la mayoría siempre tenga la razón, ni que sea el mejor sistema de gobierno porque así lo haya decidido la voluntad de la mayoría. Para él, si una sociedad opta por un gobierno tiránico sobre uno liberal no es porque crea que la mayoría tenga en efecto la razón, sino quelas tradiciones democráticas no están lo suficientemente arraigadas, la democracia no sería realmente apreciada ni valorada.

La fortaleza de la democracia  depende de su arraigo social. En este sentido, ayer leí un comentario de un amigo biólogo al que respeto, que apuntaba una certeza refiriéndose a los sondeos de opinión o encuestas en el país:

"El sondeo también encontró que 63% de los consultados cree que el objetivo del congelado diálogo entre el gobierno y la oposición debe ser “resolver los problemas del país”, y 32,3% “buscar un cambio de gobierno”. Esto explica por qué, a pesar de que 95% del país cree que estamos en la mierda, la gente no está pidiendo la cabeza de Maduro. Según este dato, la gente piensa que estamos en una mala época y que si nos abocamos a resolver los problemas podremos salir de esto. Por eso cuando se convoca a una protesta para salir del gobierno hay poco apoyo, en cambio la gente está quemando su frustrachera trancando calles pa que le pongan el agua o le manden la Clap.  (Negritas añadidas).

Partiendo de su comentario, escrito en castizo, creo que esto demuestra que las instituciones democráticas pueden servir a lo contrario para lo que fueron creadas, es decir, en vez de fortalecerla son instrumentos de su propia destrucción. Como  aquella decisión de la oposición de no participar de las elecciones democráticas al parlamento, entregándole a un chavismo, naturalmente autoritario, el poder de la mayoría absoluta, poniendo a la democracia en el  paredón de fusilamiento. Con todos sus defectos, el mal llamado puntofijismo procuraba el sostenimiento de las instituciones democráticas y la independencia de poderes, pero falló en la difusión de los valores democráticos, enalteciendo los caudillismos y el militarismo (Esto sin entrar en el tema del rentismo o las recetas demagógicas económicas, cuya legitimidad democrática no pongo en juego). De esta forma la necesidad de golpes de estado, como el dado por Chávez, su mitificación y, las búsquedas de recetas mágicas, se suman a nuestra tragedia en transmitir el valor de la democracia.

Estamos tan mal, que la opinión de la población concuerda en un 95% en que la situación es terrible, pero solo el 30% considera que con un cambio de gobierno las cosas se solucionarán. No se considera que la democracia ha perdido espacios representados en el ejercicio de derechos fundamentales. Debe ser porque par algunos la anormalidad es la normalidad de la historia contemporánea de Venezuela, y que todo se resuelve desde un paternalismo/maternalismo estatal, y que sin importar el tipo de gobierno que exista en el país, las cosas dependerán de las dádivas que puedas hallar en el día a día, con o sin carnet de la patria, pero sin importar si es con éste.

Yo no tuve una educación mala, al menos no desde el punto de vista de su globalidad y universalidad, y en que siempre fui consciente en que podía ser mejor, cosa que reforzaban en casa. Pero si hay deficiencias estructurales que recuerdo: el rechazo a Páez por romper la Gran Colombia (cosa que yo sé que fue una gran mentira histórica); el enaltecimiento histórico a Guzmán Blanco por modernizar al país, sin hacer énfasis en que era un sátrapa; el dibujar la revolución liberal como una maravilla, que no era más que un movimiento que  buscaba ponerle las manos encima al erario público; la celebración de la revolución restauradora que impulsó el acceso al poder de Castro y Gómez, sobre quiénes la historia ya ha dicho todo, y, lo poco apreciados que son los gobiernos civiles, pues de Pérez Jiménez se recuerdan las estructuras y el orden, pero no las vidas que costó ese desarrollo.

Incluso hay páginas web que resaltan el legado de Pérez Jiménez, haciendo caso omiso de los muertos ocasionados por la Seguridad Nacional, o los datos escondidos (como los del chavismo) de pobreza y desnutrición. Mi educación tampoco incluyó la filosofía ni conocimientos básicos sobre los beneficios de la democracia o la descentralización (beneficios que conocí cuando empecé a estudiar derecho), y la realidad es que carecemos de una cultura democrática arraigada y espero que podamos superar este defecto, que es el que nos ha traído aquí, al momento más oscuro de nuestra historia contemporánea.

La democracia perfecta no existe, el dogma democrático que se persigue desde la retórica no es más que un reflejo de un sentido religioso que se otorga a esta idea, y que explica muy bien Savater cuando dice que “La democracia que existe no sólo es engañosa sino que debe ser denunciada y hasta combatida: hay que rechazarla precisamente por fidelidad a la democracia plena y absoluta. Que nunca llega y en eso se reconoce su autenticidad.”[6] Pero el español, nos recuerda el sentido filosófico de la democracia, relacionado directamente con su imperfección y tomando como referencia a Marquard, apunta:

“…la autenticidad de la democracia consiste en que vacila, hace componendas, a veces traiciona y abusa, luego se nos parece. Es mediata, es decir se nos manifiesta a través de leyes e instituciones, nunca de forma inmediata y arrolladora como directa expresión de la voluntad popular. Dentro del marco filosófico, la democracia nunca es personal –o sea centrada en un caudillo ungido y salvador, sobre la unanimidad popular de la gente- sino individual, ejercicio de la libertad incierta y machada de egoísmo de cada cual. Precisamente esa libertad y responsabilidad individual reconocida institucionalmente es el más alto logro de la democracia y la cifra de su dignidad.”[7]

El valor de la democracia se desprende en que aunque pueda parecer una religión, no lo es, sino que es la muestra más clara de la organización política de una condición humana que nos hace políticos, por ello es perfectible, nunca perfecta. Pero también debemos ser capaces de quererla, de comprender que fuera de ella nuestra irreductible diferencia puede dar cabida a la uniformidad, a la cosmovisión de un autoritarismo que se nos plantea como revolución, cuando lo que requerimos es evolución, conforme el liberalismo (en el sentido de respeto de la autonomía, las libertades individuales y políticas)  nos enseña. La oscuridad que nos cobija, la sombra del autoritarismo es tan profunda, que se arraiga en nuestras propias convicciones antidemocráticas y autoritarias, que son capaces de aplaudir nuestras dictaduras y los riesgos que suponen para otras democracias el irrespeto de los principios más básicos (aquí refiero el aplauso de muchos venezolanos a las políticas y propuestas antiliberales de Trump).

No reconocemos el valor que tuvo la democracia para nuestro país, porque nunca cultivamos esta tradición, dimos la democracia por sentada. Incluso algunos dudan todavía de su pérdida, alargando la agonía, burocratizándola más y más, cuando bien nos enseñó Arendt en Los orígenes del totalitarismo, que no hay mejor forma de disgregar las responsabilidades políticas que burocratizar el sufrimiento de tal manera que nadie asuma una verdadera responsabilidad por sus acciones u omisiones. Popper piensa que es falso que la creencia en la libertad conduzca siempre a la victoria, y es enfático al indicar que si se escoge el camino de la libertad los individuos deben estar preparados para perecer con ella.[8] Esa idea tan bonita, pero tan compleja, como lo es la libertad, solo se percibe en democracia.



[1] POPPER, Karl, “On the theory of democracy” en: All life is problem solving, Londres/Nueva York, Routledge, 1999, p. 94.
[2] LEVITSKY, Steven y WAY, Lucan A., Competitive Authoritarianism, Cambridge, Cambridge University Press, 2010.
[3] Diversas declaraciones de miembros del gobierno ratifican esta situación,. Héctor Rodríguez dijo que era prioridad el carnet de la patria en vez de las elecciones y el CNE incumplió el mandato constitucional de realizar elecciones locales en diciembre de 2016, y ya hoy están retrasados para realizarlas en el primer semestre del año 2017.
[4] SAVATER, Fernando, “El filósofo como ciudadano”, Isegoría, Nº 55, julio-diciembre, 2016, pp. 703-706.
[5] POPPER, Karl, “La opinión pública y los principios liberales” en: Conjeturas y refutaciones, Barcelona/Buenos Aires, Paidós, pp. 419-421.
[6] SAVATER, F., op. cit.
[7] Ídem.
[8] POPPER, Karl, “A propósito del tema de la libertad” en: La responsabilidad de vivir, escritos sobre política, historia y conocimiento, Barcelona, Paidós, 1995, p. 146.

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