martes, 17 de octubre de 2017

RESACA ELECTORAL

Tengo 2 años y tanto viviendo fuera de Venezuela, sin que exista en mi cabeza una idea de pertenencia a este lugar, más allá del agradecimiento por las herramientas conseguidas para poder mejorar ciertas condiciones de vida y en experiencias irrepetibles. En esa añoranza de volver al lugar en el que nací y viví durante 30 años, he escrito dos entradas: La Consulta Soberana del 16J y Damocles en Caracas, en donde debo reconocer que he cometido errores de juicio importantes, porque me he negado sistemáticamente a perder esa necesidad de estar en San Cristóbal con mis montañas y mis pasteles andinos, en un lugar en donde no soy extranjero ni extraño.
Observé el movimiento del 16J con excesivo optimismo, ¿quién no?, luego de eso pude observar con detenimiento que lo consultado y votado era imposible de materializar y que las preguntas solo generarían mayor frustración. Sin embargo, mi convicción de que sólo la vía democrática es la que construye caminos viables me hizo participar y contar con su condición de movimiento histórico, que generó la ruptura de movimientos dentro de la oposición y el abstencionismo para las elecciones regionales (consagradas en la Constitución y prostituidas por el chavismo y la Asamblea Nacional Constituyente).

Las elecciones regionales demostraron que, desde el punto de vista estratégico y destructor, el chavismo tiene una organización incomparable, así como que la oposición carece de los medios para competir en esas condiciones. Hoy, casi 36 horas después del evento, no hay vocería oficial sobre lo que ha ocurrido, hay "conspiranoia", no hay transparencia y nuevamente unas urnas hacen el análisis complejo.

Varios factores han influido en esta situación: 1) En la Consulta del 16J participaron al menos 700 mil votantes hábiles, diferencia de votos entre oposición y chavismo conforme las cifras preliminares ofrecidas por Tibisay Lucena en el boletín de las regionales. 2) La migración inconsulta de electores, un día antes de las elecciones, mediante cambios arbitrarios de centro de votación. 3) La coacción que supone la existencia del carnet de la patria, como medio para forzar la votación de los sectores más vulnerables. 4) La violencia, estatal e interpersonal, normalizada, que ha hecho del país un infierno y, especialmente, un lugar de terror en donde el lema del chavismo "somos garantía de paz", se hace cierto cuando un fanático armado te hace escoger entre la vida en revolución o la democracia. 5) El descontento del votante opositor, aquellos que no han migrado ven destrozadas sus convicciones cuando se miente sistemáticamente porque la dirigencia opositora demuestra con claridad que ni como MUD ni como disidencia (desde María Corina hasta Julio "Coco" Jiménez), saben explicar cómo se puede salir de esta debacle. 6) El decisivo control social y político del chavismo, que parece subestimado por los demás, mostrándose poderosos como una verdadera maquinaria soviética, un gran hermano que hasta a mí me ha hecho sentir vigilado, estando a ocho mil kilómetros de distancia.

Al escribir Damocles en Caracas, lo hice como una forma de decir: la oposición no puede ser capaz de caer en tal pantano, de dejarse morir en unas arenas movedizas tan espesas. Nunca defenderé la abstención, pero me sorprende la inexistencia de un plan para contrarrestar todos los obstáculos dispuestos y me indigna la incapacidad de la dirigencia MUD de responder sobre las preguntas mínimas como ¿dónde están las Actas?, pero también me preocupa la mentira repetitiva que mutó de "no participaremos en regionales si hay ANC" a "No se juramentarán nuestros gobernadores electos ante la ANC", cuando ayer la candidata electa por el estado Táchira, mi casa, daba declaraciones confusas sobre su postura en este respecto.

En dos años y medio he tratado de conservar mi identidad, reivindicando mi derecho a hablar en castellano venezolano (inclusive discutiendo con Diccionario en mano mis formas de hablar con puristas del castellano español), a no involucrarme en asuntos españoles o vascos, vi nacer en mí una forma de nacionalismo que nunca sentí estando en Venezuela,  emocionándome por ver una cachapa o poder comer un tequeño, o cantando de forma inconsciente Tonada de luna llena o el Rucio Moro (que no sabía que conocía su letra completa). Hoy, como muchos de ustedes (los 100 fieles que me leen y los 200 que caen aquí por accidente, pues buscaban algo sobre derecho romano), siento que se ha perdido todo. Sé que ese sentimiento es momentáneo y que no seremos una comunidad eterna en el exilio, que podré morir en paz en San Cristóbal, viendo como esto quedará en los libros de historia para no repetirlo.

jueves, 14 de septiembre de 2017

BUROCRATIZADO

Normalmente acudo al blog para escribir cosas tontas que parecen profundas pero que se limitan a expresar sentimientos de esperanza o hacer claro el panorama oscuro que se cierne sobre mi país. Hoy, para variar un poco, me permitiré desmadrarme en contra del Estado, su inutilidad y su existencia concebida como una forma para conculcar libertades, en unos días en que en mi estancia "temporal" en Europa me hace desesperar entre la ideologización de los que quieren más y más Estado.

Desde el 2007 y hasta febrero de 2015 ejercí libremente la profesión de abogado en Venezuela, esto significa que toda mi carrera se desarrolló en la génesis de la Revolución (2002-2007) y los halagüeños mensajes provenientes de la izquierda internacional, porque se devolvía el poder al pueblo, sin importar que se estuviese construyendo el cascarón vacío más grande, cuyo caradurismo se podía ver, como la muralla china, desde la Estación Espacial Internacional.

Mi carrera profesional y mi relación con la burocracia empezó con las explicaciones de mis profesores de Derecho Público y Derecho Administrativo, sus charlas sobre el rol de la administración pública, la discrecionalidad administrativa y sus límites, la estructura del Estado, las competencias, la descentralización, la desconcentración y la delegación, entre muchos otros conceptos tan importantes como inútiles en la Venezuela del Socialismo del Siglo XXI (inspirado en Chomsky y aupado por Monedero). Luego, en el tercer año de la carrera empecé a buscarme la vida trabajando para algún abogado, conociendo la cara de la burocracia al tratar de sacar una patente de industria y comercio ante la Alcaldía de San Cristóbal. El trámite pintaba sencillo y aunque no lo fue, porque la discrecionalidad ya había dejado de ser la excepción para erigirse en norma, tampoco representó un dolor de cabeza insoportable, quizá porque el venezolano está genéticamente preparado para lidiar con un Estado inútil.

¡Qué iba a imaginar yo que a partir de ese momento mi vida se vería envuelta en las redes del Estado venezolano chavista!, un monstruo rojo que no paraba de pedirme papeles, exigirme trámites, inscripciones, declaraciones juradas, carpetas con separadores de colores, carpetas etiquetadas, formularios con facturas de mis consumos en el extranjero, copia de las copias, y un sinfín de idioteces que deben estar  archivadas y llenas de moho en algún sótano o caja de algún inmueble, del excesivo número que en propiedad detenta el Estado. No hubiese imaginado nunca que tendría que ir o pagarle a alguien para que hiciese fila para coger un número de entre los 20 que repartía un Registro Público o una Notaría para poder firmar una venta o un poder, o que una firma sería rechazada porque algún burócrata en Caracas había cambiado el estado civil de mi cliente, o el de mi madre, de casado a soltero o viceversa (de nada serviría el documento público de identidad, valía más el error del imbécil de turno usando el ordenador de la base de datos centralizada).

Con la burocratización supe que la ley de simplificación de trámites administrativos no era sino la muestra clara de ineficacia de la ley, pero también entendí que un Estado como el venezolano, que ya era un elefante blanco antes del chavismo, serviría de plataforma para la dispersión de las responsabilidades en la comisión de los delitos que la Revolución necesitaba para aferrarse al poder de forma indefinida. Cuando tienes que estar ocupando tu vida solucionando trámites burocráticos, pierdes la noción de pérdida de la libertad que tal situación supone. Seguro te identificarás conmigo, pero entreteniéndote haciendo carpetas para solicitar el cupo cadivi para irte de vacaciones, hacía que te quejases pero olvidabas que el Estado estaba poniendo límites al uso de tu dinero, de tu tiempo y de tu vida.

Así que hoy, cuando necesito una constancia de haber residido en el país, me doy cuenta que inclusive a 8 mil kilómetros de distancia, mi vida sigue estando marcada por la burocracia. La misma burocracia que me exigía que cada vez que quería hacer un trámite ante un Registro Mercantil, debía llevar las sopotocientas mil fotocopias de cédulas de identidad de los accionistas de una empresa, y que la imagen quedase en el centro, para satisfacer el trastorno obsesivo y compulsivo del funcionario detrás del escritorio de madera, que olía a naftalina, aunque ya estuviesen dentro del expediente mercantil; la misma burocracia que me exigía firmar documentos con bolígrafo negro y llevar escritos en papel tamaño Legal u Oficio, aunque la propia Constitución impidiese que la justicia se sometiese a formalidades no esenciales. La misma burocracia que me exige pertenecer a un consejo comunal, tener cédula, registro de información fiscal, registro por ante el Sistema de Identificación, por ante Sistema Tributario de Registro Único de Personas que Desarrollan Actividades Económicas (que era obligatorio tener pero que no sirve para absolutamente nada), y aun así no tener un mecanismo contenido en la ley para que un organismo encargado del registro civil te emita una constancia de HABER RESIDIDO, porque el burócrata solo tiene una planilla para los residentes actuales, y le impide conocer el derecho de petición contenido en la ley que le obliga a dar respuesta a los administrados sobre asuntos de su competencia. La ley no importa, porque algún burócrata de Caracas considera que X cosa le divierte más, ya que pensar más allá de las órdenes está prohibido.

Es la misma burocracia que te ahoga en papeles para no obtener resultados nunca, que ha establecido tantas contribuciones fiscales y parafiscales, así como tantas obligaciones formales para individuos y empresas, que recuerdo entrar a la recepción de mi propia oficina jurídica (o de la de las empresas para las que trabajaba como asesor) era como una galería de exhibición del absurdo, porque tenía que haber un aviso que diese constancia de que se prohibía fumar, que se prohibía portar armas de fuego, pero que también se prohibía la discriminación, al lado de la cartelera donde debía constar la información de la última declaración del IVA y del ISLR, así como los pagos de la seguridad social, aportaciones al sistema de vivienda de cada uno de los que laboraban en dicha oficina, pero también el RIF, visible, la lista de precios desglosada y, por supuesto, cualquier cosa que al funcionario discrecional se le ocurriese. Un empleado podría desperdiciar de su tiempo de trabajo horas ajustando la cartelera del asco burocrático, que nunca iba a estar completa ni iba a cumplir una finalidad útil, porque la información contenida estaría disponible en los sistemas informáticos de la administración.


Es así, mi vida ha estado marcada por la burocratización, soy venezolano y estoy burocratizado. Tengo que pasar horas y horas frente al computador para solicitar una cita para el pasaporte (y esperar un año por  él), para pedir una cita para apostillar cualquier documento o pedir antecedentes penales. Estoy burocratizado porque para pedir una copia certificada de mis notas de bachillerato, debo someterme a la discrecionalidad del funcionario de turno, y a la voluntad del que sella la planilla, si va o no va, o si quiere o no quiere sellar, este es verídico, muchas veces no pude obtener algún papel porque el individuo encargado de poner sellos húmedos no estaba, aunque estuviese el sello disponible y decenas de personas perfectamente y jurídicamente hábiles para hacerlo.

La burocratización era patente en mi día a día laboral, cosa que noté cuando los ingresos profesionales representaban en más del 80% la gestión de algún trámite ante la administración pública nacional, estadal o municipal, en vez del litigio o la asesoría profesional. Desperdicié miles de horas sentado hablando con funcionarios, sacando copias, corrigiendo tonterías (una vez tuve que ceder ante un revisor de notaría porque no le gustaba que incluyese la construcción disyuntiva "y/o" en un documento jurídico, o porque no le gustaba que pusiese Artículo en vez de Cláusula en un documento).

Han pasado 2 años y medio desde que salí del país, y no hay día en que la monstruosidad de la burocracia revolucionaria no tenga una forma de fastidiarme la vida, porque solo alguien que es venezolano entenderá lo que estar burocratizado. Por cierto, que conservo las facturas de mis consumos cadivi del año 2015, me da terror botarlos, no vaya a ser que el funcionario de turno me los pida para seguir fregándome la existencia.

La burocratización es una forma de control social que en Venezuela ha funcionado muy bien, ahora se disfraza de Carnet de la Patria. El crecimiento desmedido del Estado y la forma en que se inmiscuye en todos los aspectos de tu vida, como disponer límites al retiro de dinero efectivo de tu cuenta bancaria, o los días en que puedes comprar algo conforme la numeración de tu cédula de identidad, conculca tu libertad. No olvidemos que por cada decisión discrecional del burócrata, que no esté amparada por las disposiciones de la ley, supone que conculcan tus derechos políticos.

Conforme la Ley Orgánica de Procedimientos Administrativos (Art. 12), y como bien recuerdo que me enseño Luis Eugenio Correa, me permito citar a Brewer (2011), quien hablando de este tema, afirma: "de acuerdo al derecho administrativo venezolano, las actividades administrativas discrecionales sólo pueden existir cuando una ley expresamente otorga a la administración el poder de evaluar la oportunidad y conveniencia de sus acciones, lo cual ocurre cuando la misma otorga a un funcionario público el poder de actuar de acuerdo a su evaluación de las circunstancias."

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