martes, 25 de abril de 2017

DIALOGAR

No hay día que pase sin que el término "diálogo" encuentre un cúmulo de detractores dentro de las filas de la disidencia, resistencia u oposición venezolana. Es curioso la forma en que la matriz de propaganda del chavismo ha logrado apoderarse del discurso venezolano, sin duda alguna es el partido de gobierno el que dispone de los recursos para imponer motes y viralizar información, hacer tendencias en redes sociales y, de forma absoluta, generar un rechazo iracundo respecto de temas que son vitales para superar 19 de años de des-democratización de Venezuela.
El diálogo es una forma de comunicación verbal, que desde el punto de vista de las personas supone la existencia de interlocutores y, especialmente, un contexto que procure un determinado objetivo, una finalidad. La phronesis, o capacidad de prever, cuyo desarrollo es más amplio en Aristóteles y Santo Tomás, permite que el intercambio de información que se produce al dialogar, permita querer un resultado determinado, por lo que se supone que el diálogo debe tener sentido para quienes intervienen en él.
Un diálogo no puede ser un monólogo, de forma tal que las normas del diálogo, incluso el que puede llevarse a cabo en una mesa de un bar, mientras se comparte cerveza y se juega a las cartas o al dominó, consiste en un intercambio multidireccional de ideas con la finalidad de concluir en x o en y. Ahora bien, en el ámbito político, del ejercicio del poder conforme se conoce en la democracia contemporánea, el diálogo se escenifica a nivel parlamentario, porque supone reglas, interlocución, pluralismo en las posturas representadas por los parlamentarios y, por supuesto, una finalidad, un motivo que justifique llevarlo a cabo, ya sea para adoptar una declaración conjunta o argüir en la formación de las leyes. Incluso, la intervención más infructuosa del diálogo quedaría asentada en el diario de los debates, dejando constancia de que en el momento A, el diputado B se opuso a la propuesta C, aunque el resto de parlamentarios no estuviese de acuerdo.
Pero la normalidad democrática puede romperse, especialmente en un siglo XXI, que no termina de definirse claramente en su fortalecimiento de la democracia o en la verificación paradójica realidad, lo que hace necesario, para salvar la democracia, que no se estigmatice el diálogo como un invento del demonio, sino que se desenmascare lo que se pretende vender como diálogo, sin serlo. En Venezuela, la ruptura del estado democrático no es algo exclusivo del chavismo madurismo. La degradación de la calidad democrática (que nunca fue A1) ha sido denunciada desde que se produjo la ruptura del orden constitucional del 2002, entre renuncias, vacíos y golpes, de forma tal que vender la dictadura como un novus ordos, hace creer que la degradación no ha sido sistémica y consiste en un problema estructural gravísima, que debe configurar el punto de partida del diálogo como germen de la regeneración democrática.
Entiendo a la perfección que el término diálogo resulte negativo, en tanto el chavismo se ha encargado de vaciar su contenido al convertirlo en una manera de ganar tiempo para sostenerse en el poder, pero un demócrata debe abrir siempre la puerta a la solución por vías de diálogo de los problemas políticos, porque la alternativa es siempre violenta, y aunque no toda violencia pueda resultar mala, en una sociedad de violencia, como lo es la venezolana, la anarquía está solo a un paso de acabar con el Estado, fallido per se.
Pero, ¿con quién dialogas? Primera interrogante que quiero abordar.
MacIntyre (Animales Racionales y dependientes, 2001, p. 72) explica como siempre se ha pretendido trazar una única y rígida línea divisoria entre animales humanos y animales no humanos con un énfasis en el lenguaje, concebido éste como la capacidad de emplear cadenas de expresiones ordenadas en cuanto a sintaxis y semántica, y que se representa en el habla. Entonces, debemos partir por entender que dialogamos con otros seres humanos, capaces de emplear el lenguaje para construir ideas y exponer argumentos y razones. De esta forma, por bárbaro que sea el siguiente ejemplo, el equipo de rescate dialoga con el secuestrador para evitar que el secuestrado sea asesinado., inclusive mediante el pago del rescate exigido. Asimismo, las partes confrontadas en una guerra cruenta, dialogan para lograr un cese al fuego o un armisticio; y, finalmente, la oposición solo puede dialogar con el chavismo, porque el poder lo ejerce el chavismo, y nadie más.  Así que no tiene nada de raro que se dialogue con el enemigo, porque no todo diálogo se produce en una mesa de bar, ni todo diálogo supone amistad y camaradería. No, el diálogo político, ante problemas graves como la pérdida de la democracia, supone dialogar con quien no quieres dialogar.
¿Por qué dialogas? el diálogo supone el reconocimiento de un problema que debe solucionarse. Al menos en estos términos planteados, es decir, de extrema conflictividad política. Por lo que se torna complicado el asunto del diálogo, cuando los problemas a discutir son tan radicalmente opuestos en la perspectiva pues el chavismo afirma que no ha hecho nada mal en 19 años y que todo es culpa de una guerra económica y que ellos son ampliamente democráticos; y, por su parte, la oposición tiene pruebas irrefutables de que lo que afirma el chavismo no es cierto y que solo a través de procesos electorales se puede forjar una verdadera transición hacia la decencia. De manera tal que la razón del diálogo debería suponer un punto fundamental, que es buscar soluciones a los problemas del país, pero la naturaleza de uno de los interlocutores es tan autoritaria, que la razón que ofrecen para el diálogo no resulta más que en un chantaje para aceptar la versión oficial, vendida y reproducida como dogma a través de la maquinaria de propaganda del Estado. Solo tiene usted que revisar las cuentas oficiales de las redes sociales para verificar que se produce propaganda de forma descarada.
Así que dialogas para conseguir una solución y lo haces con quien sea que pueda proporcionarte la solución, que ya podemos observar que se complica con la naturaleza autoritaria del chavismo. Pero nos quedan otros puntos que abordar ¿Para qué dialogas?, y ¿Bajo qué condiciones dialogas? La primera responde a los fines que quiere cada una de las partes en conflicto. ¿El chavismo quiere dialogar para permanecer en el poder? ¿La oposición quiere dialogar para tomar el poder? ¿Dialogan para consensuar una solución democrática?
Las posibilidades son múltiples, y por supuesto que la propaganda ha entronizado la primera opción. El diálogo tiene como finalidad sostener al chavismo en el poder, situación que va ligada a la segunda interrogante, las condiciones del diálogo que han sido impuestas por el gobierno, desde los mediadores hasta la agenda, inclusive transformando diálogos en monólogos, acuerdos en letra muerta y mediadores en actores políticos.
No tengo una respuesta ni una propuesta para solventar esta diatriba, porque no puedo cambiar el sesgo autoritario y delincuencial de quiénes gobiernan a punta de balas y represión. Pero "todo ejercicio de la facultad  de reflexionar sobre las razones para actuar supone que ya se tienen esas razones sobre las que es posible reflexionar, con anterioridad a la reflexión misma" (MacIntyre, 2001, p. 74). Por lo que invito a repensar los distintos diálogos que se pueden emprender desde la oposición política, empezando con buscar nuevos interlocutores dentro del oficialismo, porque aunque la responsabilidad se disgregue, sería un exabrupto afirmar que la izquierda que alguna vez apoyo a Chávez es antidemocrática, pues aunque el chavismo es por naturaleza autoritario, esto no supone que todo chavista sea antagónico a la democracia. Asimismo, el diálogo con propuestas firmes y reconocimiento mutuo ayudaría a acabar con el estigma, y dejar de vender la idea de que es posible execrar a quienes hoy gobiernan, en forma de apartheid, pues eso solo generaría mayor resistencia de parte de quienes poseen las armas para mantenerse en el poder.
Así que, con estas reflexiones vagas solo pretendo invitar a que no descartemos el diálogo, porque nos tendremos que sentar a discutir con el enemigo, mil veces si es necesario, pero nada de lo que se ha escenificado hasta el momento ha sido diálogo, sino la agenda macabra de un dictador en pleno monólogo para sostener su cleptocracia. Llegara el momento de dialogar, pero no es éste, es el momento de la unidad en las exigencias y en la agenda. El momento del diálogo será claro para quien espera democracia, quien no espera venganza y solo quiere buscar la reconstrucción de lo aplastado, pero es innegable su necesidad.
Que el proceso de resistencia que se lleva a cabo en las calles prepareel temperamento para la sindéresis y no se convierta en una revuelta que cual primavera árabe, marchite y se convierta en un invierno perenne.


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