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Venezuela ante el reto de la tolerancia

Cada noche el desvelo se apodera de mi descanso. Es imposible explicar a quienes me encuentro día a día, el desasosiego que la situación venezolana produce al migrante. Siempre encontraré comentarios de pena, o preguntas como: ¿y por qué no le echan?, ¿pero le habéis votado?, y cualquier intento de explicar la surreal historia venezolana se hace larga e imposible de hilar para la población de un país rico, como España (asumo que esta aseveración genera molestia, pero es un hecho innegable al que ninguna comparación puede acercarle a las realidades latinoamericanas, asiáticas o africanas). Sin embargo, en este enlace un colega abogado tachirense (Luis Manuel) hace un esfuerzo por explicar al extranjero ciertos aspectos del chavismo que no se difunden con tanto ahínco como si ocurre con la propaganda roja.

Por supuesto que mi preocupación no tiene que ver únicamente con la frustración ante la inacción diplomática, cuyos tiempos y pasos son siempre los menos apropiados para el que muere de inanición o por falta de medicinas. Esto es una realidad insoslayable que no hemos, como humanidad, podido modificar, sobre la base de las complejas relaciones macropolíticas. Tampoco tiene que ver con la sensación de soledad por la falta de empatía generalizada, que alrededor del conflicto venezolano percibo en mi lugar de residencia, y que puedo, perfectamente, mitigar relacionándome con otros venezolanos. Ante el exilio generalizado  puedes encontrar un "pana" en cualquier lugar del orbe (más de un millón de nacionales han dejado el país, en lo que se conoce como la diáspora venezolana, que recoge datos oficiales, otros estiman en 3 millones la cifra). Con los "panas" puedes drenar los horrores que te toca vivir en las madrugadas, cuando no sabes quién será el próximo en caer por la represión, la delincuencia o los linchamientos. Sin saber si ese próximo será un conocido o alguien extremadamente cercano, como ocurrió con Daniel Rodríguez, alumno de mi Universidad, específicamente de una sección en la que da clase una de mis mejores amigas, y dos amigas que son grandes colegas profesionales. Ellas sintieron un dolor que no conozco, pero que me aterra, porque sí, la muerte está al acecho y el miedo es cotidiano.

Lo anterior son motivaciones personales que propician las líneas que siguen . No paro de escandalizarme con la manera en que nos hemos consumido por la violencia, los números, las tendencias y las historias. La persecución, los linchamientos. En una semana recibí imágenes de amigos culpables solamente de ser hijos de chavistas con poder, con incitación al linchamiento social. Yo debo confesar que no sé cual sería mi reacción ante la visión de un revolucionario corrupto, como por ejemplo Max Arvelaiz, paseándose por la alfombra roja del Festival de Cine de San Sebastián, con el dinero que le hacen falta a los hospitales, pero al menos desde la tranquilidad de este escritorio y la sindéresis de los argumentos, no puedo defender un linchamiento sin ir en contra de mis propios principios, opino, como Briceño, que debemos ser mejor, porque no somos como ellos.

 Tengo familia, amigos y conocidos que han defendido de forma honesta a un modelo inservible, pero lo han hecho desde la mayor honestidad y, lastimosamente, con un fanatismo ciego que hace que muchos les tildemos de cómplices. Esto me hace reflexionar, pues no podría justificar un ataque, un golpe o un linchamiento social, y menos aún físico. Quizá la  idea del linchamiento de toda la izquierda chavista me produce un rechazo total, pues aunque no me case con sus ideales, es innegable que existe una izquierda democrática que no puede ser borrada del mapa, y forma parte del espectro político democrático, especialmente el venezolano. Además, retomando las palabras de Luis Manuel, de quien refiero su artículo al inicio de esta entrada, el 80 % de la oposición venezolana agrupada en partidos, es de izquierda o centro izquierda, poco liberalismo (en VENTE, en mediano grado), y solo NUVIPA, ORDEN son de derechas conservadores.

¿Qué quiero decir con esto?, que durante los últimos 7 años de mi vida me he volcado al estudio de la tolerancia desde una perspectiva filosófica, pensando que podría involucrarme en estudios sobre otros países, sobre el multiculturalismo, sobre procesos de paz o, mejor aún, escribiendo de como una revisión del liberalismo podría fortalecer la democracia occidental y promoverla en otros lugares, fundándose en la práctica de la tolerancia. Pero no, la realidad me ha hecho encontrar el reto de promover la tolerancia en una sociedad herida, como la venezolana, en la que no vislumbro una forma de encontrar la vía de acceso a una transición del chavismo hacia un modelo verdaderamente plural, sin que el odio y el resentimiento sembrado durante 18 años de martirio no salga a flote con nuestros peores procederes. Como se dice en alguna película de la cultura pop, a veces siento que hay personas que solo quieren ver el mundo arder.

En abril escribí sobre la necesidad de abrir espacios y dialogar, de lo mucho que debemos cultivar la idea de que la reconstrucción no puede partir de la venganza en contra del chavismo, sino del perdón y de la justicia, esa justicia que se ha negado con tanta vehemencia impartir  el partido de gobierno. Pero la justicia no puede ser impartida como en el Terror francés, que M. Ferro describió como una “forma de gobernar que se apoya en el resentimiento popular y que no se queda satisfecho ni saciado con un cambio de poder”.[1] No, la justicia debe propiciarse desde la constitucionalidad, recobrando los espacios perdidos, y haciendo los cambios necesarios para garantizar los mínimos procesos para la ciudadanía. Es decir, la transición debe contemplar un plan estructural de recuperación de la institucionalidad democrática que debe ser vigilada por los organismos internacionales multilaterales, para garantizar que el proceso no se vea contaminado por el odio, la venganza y, especialmente, el resentimiento producto de 18 años de apartheid socialista criollo.

Poco puede entenderse nuestra historia como opositores si no has sido discriminado, atropellado o amenazado por tu tendencia política, pero eso nos permite, en un ejercicio de tolerancia, ponernos en el lugar del otro, considerándolo como una persona, esa persona digna que ellos no vieron en nosotros, y así abstenernos de suprimirles, aun cuando sigamos estando en desacuerdo con lo que profesan, lo que defendieron y auparon, o los actos que cometieron. Yo deseo para ellos los debidos procesos, la administración imparcial de justicia, el respeto a sus derechos fundamentales, porque son dimensiones de la propia dignidad humana. Yo deseo para los que cometieron crímenes, las garantías procesales que no supieron o no quisieron darle a nuestros presos políticos.Los desacuerdos morales sólo se pueden solventar satisfactoriamente bajo parámetros de justicia democráticos, todo lo demás decanta en una imposición, como lo ha hecho el chavismo durante 18 años.

Del rescate de la institucionalidad para proporcionar justicia es que se puede construir una sociedad que va a requerir de tolerancia para evitar el desenlace fatídico que supondría una confrontación bélica civil. Y estas son palabras que no quiero dirigir sólo a la oposición, la disidencia y la resistencia, sino también a la izquierda democrática que añora el chavismo como fuerza mayoritaria, justicia y tolerancia para todos. Como alguna vez dijo Rawls en la Teoría de la Justicia, solo bajo le velo de la ignorancia podemos construir un sistema de justicia bajo parámetros que satisfagan los reclamos de todos. Cuando ignoramos todos aquellos elementos preconstituidos que acompañan nuestros juicios de valor, podemos alcanzar acuerdos y consensos que se centran en la igualdad y la propia libertad (ojo, aquí me tomo licencias interpretativas de una idea mucho más compleja). Para Rawls “donde encontramos la justicia formal, el imperio del derecho y el respeto a las expectativas legítimas es probable que encontremos también la justicia sustantiva”.[2]

Con esto del velo de la ignorancia, refiero una idea de Rawls,  que nos puede ayudar a encontrar el sentido de la reconstrucción de un sistema de justicia que pueda dar garantías de constitucionalidad bajo el imperio de los Derechos Humanos fundamentales, y que como lo explica Freeman,[1] sirve para dejar de lado la información que no es moralmente relevante a la hora de decidir qué principios deben implementarse para obtener una concepción de justicia. De esta forma, criterios como la religión, la raza, el género, grupo étnico, clase social, entre otros, son irrelevantes a la hora de elegirlos y generar una sociedad donde pueda edificarse una estructura que garantice el verdadero ejercicio del poder político en condiciones de igualdad para sus miembros.

El reto de la tolerancia en Venezuela, nación llena de heridas, y cuyo proceso político violento está en plena ejecución, supone la posibilidad de que cada uno de nosotros entienda que la crisis no se acaba con la deposición del chavismo (que espero sea por vías pacíficas y democráticas por el riesgo que supone caer en un juego distinto al constitucional, que es el territorio de ellos, los que detentan las armas); sino que la verdadera tarea es la reconstrucción de un país que después de 18 años sigue con los mayores niveles de pobreza de la región (pobreza crítica latinoamericana, 80%) y una delicada situación económica propiciada por el desfalco de los mayores recursos monetarios de la historia del país, hipotecados a rusos y chinos, por lo que hay que empezar a proyectar estos escenarios, en vez de dejarnos llevar por la espiral de violencia que nos consume.


[1] FERRO, Marc, Historia de Francia, Madrid, Ediciones Cátedra, 2003, p. 180.
[2] RAWLS, John, Teoría de la justicia, México, Fondo de Cultura Económica, p. 67.
[3] FREEMAN, Samuel, Rawls, Londres/Nueva York, Routledge, 2007, pp. 143-144.


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