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DAMOCLES EN CARACAS

La tendencia a contar historias con relevancia moral nos asiste desde antaño. Así, ante una coyuntura especialísima, que no puede ser analizada de forma simple por politólogos, economistas, juristas (aunque es mucho más sencillo por la clara ruptura del Estado de derecho), sociólogos o filósofos, parece que Damocles pasea por Caracas deseando el poder que detenta hoy la dictadura chavista para sí mismo, sin entender que sobre su sien se cierne una espada afilada que sólo se sostiene por la frágil crin de un caballo.

No voy a engañar a nadie, no me entusiasma la idea de las elecciones regionales, pero como Joseph Raz afirma, el éxito depende de que los objetivos que se persigan no sean triviales, banales. Es decir, la lucha por la democracia a través de la violencia forma parte de nuestro pauperrismo social, de nuestra violencia estructural cuya siembra empezó mucho antes del chavismo y que es hija de ese absurdo culto al uniforme verde, a la asociación de orden y disciplina con lo castrense y el desdén que hemos tenido por la democracia. Por ello, entiendo a cabalidad que la lucha por la restitución de la república democrática es dura y debe ser virtuosa, para garantizar un futuro viable para toda la nación.

La realidad es mucho más compleja y el juego político no solo supone un pluralismo de valores ciudadanos, sino tal diversidad que la coalición opositora reúne más de 40 tendencias políticas disímiles.  Inclusive, se hacen argumentos idiotas como el del movimiento ORDEN, que pretende reducir todo el asunto a una exacerbación del nacionalismo conservador de derecha fundándose en la reivindicación de ideas que configuran nuestra propia tragedia,avaladas por el rentismo, propagado desde Gómez, y que ha servido para construir el Estado más grande y más ineficiente del orbe, bajo políticas de una social democracia bananera que seguimos empeñados en perpetuar sin seriedad. 

Sufrimos la ausencia de responsabilidad en la acción política individual en quiénes han sido erigidos como representantes en la gesta que se fragua a diario en contra de un poder autárquico y criminal como el que representa Maduro y compañía. Damocles apetecía los banquetes, los lujos y los privilegios del rey Dionisio, y por eso se deshacía en alabanzas y lisonjas hacia él, hasta que tuvo la posibilidad de ocupar su lugar. El poder despierta envidias y, en muchos casos, muestra las peores facetas de los individuos. Pero el poder  también conlleva riesgos, y uno de los riesgos que plantea una nueva lucha cargada de frustraciones porque no se desvela con honestidad su cometido, es perder la cabeza por la espada dictatorial que se cierne sobre cualquiera que asuma una posición crítica contra el chavismo, que ahora es más peligroso con la instalación de una Asamblea Nacional Constituyente carente de toda legitimidad o legalidad.

Acudir a las elecciones regionales es un deber consecuente con los derechos que tratamos de reivindicar desde la lucha por la democracia. Acudir a las elecciones regionales por una cuota de poder es, por contrario, un crimen contra la lucha democrática y un vejamen a la memoria de los asesinados. Muchos lo han descrito con presteza: Si acudimos a las regionales y ganamos, el chavismo desconocerá los resultados, como lo ha hecho con la Alcaldía Metropolitana que ganó Ledezma, hoy en arresto domiciliario, o como anuló con un proceso judicial fraudulento, a las elecciones parlamentarias de 2015 (si, hoy, más de dos años después, no decide la Sala Electoral, el asunto que generó la controversia y que "justifica" el falso desacato).

Si no acudimos a las regionales, el chavismo hará las elecciones y se hará de todas las gobernaciones, consolidando más su poder. Así que la situación es perder-perder, pero la democracia no puede conquistarse con métodos que no garanticen su supervivencia, o la convivencia pacífica a futuro, como decía Kant en la Paz Perpetua, palabras más, palabras menos, no puedes hacer una guerra que no garantiza una paz futura. Es más fácil llamar a la rebelión y a las armas cuando no se ha de empuñar una sola espada ni disparar una sola bala. Una lucha ajena a los valores democráticos y republicanos, que inclusive legitima la fuerza para la autodefensa y autoprotección, es una condena a años y años de conflicto, de violencia bélica y también, la posibilidad de una masacre mayor.

Son momentos difíciles, en la que la falta de responsabilidad puede llevar al país a una quiebra moral definitiva, y es lo que debemos evitar. Mi apuesta es por la lucha cívica y democrática, la resistencia civil es un derecho, no una prerrogativa ni una excusa para trancar una calle sin miras altas y fructíferas. La resistencia la debemos ejercer todos, porque la búsqueda de la justicia no puede ser dubitativa, no puede ser vacilante, por eso ser justo se percibe como un valor personal.

Quizá el llamado de Ledezma a la reflexión es una campanada moral para los demás miembros de la oposición, algunos en un estadio de infantilismo político, como el de R. Muchacho y las tendencias en twitter; o del viejozorrismo adelantado y cruel de Ramos Allup; o, peor aún, de falso crítico Henri Falcón y el oportunismo de Rosales; o la ingenuidad devota de María Corina, el exceso de retórica y la falta de hechos de Capriles y la soberbia de ungido de Leopoldo. La propia agenda, aunque la erijan en nombre del pueblo, no aporta soluciones sino hace más difícil el camino, acabando con las esperanzas del país.

A todos nos cabe reflexionar. Las regionales, por sí mismas, sin acompañamiento estratégico no son sino una nueva estafa contra las personas, que son las que verdaderamente sufren la crisis sin precedentes. La improvisación política hace daño, pero aun más daño hace la inexistencia de un verdadero código ético para la oposición democrática que haga creer al ciudadano que la lucha que lleva a cabo todos los días, en la lucha callejera o en la búsqueda del sustento diario, no se agotará en un pedazo de papel consignado a un organismo internacional o en un discurso en una Asamblea Nacional que no tiene un solo soldado o policía que acate sus mandatos legítimos. 

Y aquél que por su propia codicia ocupe un trono y se regodee en los festines de la victoria fatua, que se cierna sobre su cabeza la espada de la historia, que no perdonará a quienes obvien la necesidad de la unidad y de salvar al país.

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